Un cuento de navidad.
Danilo Albero Vergara escritor argentino
Literatura latinoamericana, narrativa argentina

30 de diciembre 2016, viernes. La última navidad y la sucesión de películas alusivas al tema que trasmitieron por televisión me hicieron reflexionar sobre la poca trascendencia que esta fiesta tuvo para mí, así como las historias relacionadas con ella. La razón es simple: mis padres eran comunistas y ateos, por lo tanto Navidad y Reyes eran fiestas burguesas; no obstante -valga el oxímoron-, los regalos de Reyes se cumplieron de manera religiosa, aunque sin pesebre para navidad; y ni hablar de Papá Noel, una invención del capitalismo norteamericano.

Sin embargo, en las oportunidades en que pasábamos las navidades en casas de mis tíos en Santiago de Chile, tuve oportunidad de experimentar un raro sincretismo, el árbol de Navidad junto con el pesebre. El "Viejito Pascuero" -como lo llamaban en Chile- junto con los Reyes Magos pasaron a ser parte de mi escaso interés por el tema y toda la narrativa relacionada con él -salvo los regalos- o casi. A partir de mi adolescencia, más por razones sociales y salidas después de medianoche, empecé a pasar las fiestas de navidad en la casa de amigos.

El viernes 23 de diciembre leí en un periódico por internet algunos cuentos de navidad de compatriotas y recordé otros, algunos sobrevalorados por seguidores de escritores argentinos; caí en la cuenta de que, en lo que hace a la narrativa nacional, el tema historias de Navidad no brilla con la intensidad de la estrella de Belén. El mundo de los cuentos de navidad no se limita a la obra de escritores argentinos y recordé dos textos que perviven en mi memoria y biblioteca. Como Calíbar me puse a rastrearlos por los estantes y en esa búsqueda recordé algunas películas "navideñas" que me habían gustado: Pesadilla antes de navidad, Mi pequeño angelito, Gremlins y Algo para recordar, en la versión de Meg Ryan y Tom Hanks -inolvidable la escena en la terraza del edificio Empire State-. Con los dos libros en la mano me senté para releer los cuentos: "El regalo de los Reyes Magos" de O. Henry y "Auggie Wren's Christmas Story" de Paul Auster. Los dos tienen algo en común, el impactante "O. Henry ending" quizás por eso me pasó por la cabeza escribir algo sobre el tema con el mismo efecto final.

El mayor problema era que ni el tema ni la fiesta me convocaban. Como pensábamos pasar esta navidad solos y en casa, el sábado 24, a las cinco y media de la tarde, le sugerí a Beatriz hacernos una escapada hasta el video club para alquilar Cigarros, la versión cinematográfica del cuento de Paul Auster y, de paso recalar por Freddo para comprar helado para el postre. Estuvo de acuerdo con mi sugerencia; recién entonces la anticipé de mi proyecto de escritura y las razones de mi interés por Cigarros; "quizás ver la película, me de alguna loca idea", dije.

Ya en la calle, frente al edificio vecino al nuestro, dos patrulleros de policía y un auto detenido; el conductor del auto, fuera del vehículo, hablaba con un par de agentes. Metros más adelante, una mujer con una bata médica le hablaba a una señora que sollozaba, con voz profesional decía algo así como: "trate de recordar todos los detalles". Con el ostensivo disimulo que me caracteriza demoré nuestro paso para seguir escuchando; los tirones de brazo de Beatriz, las miradas de un agente y la de bata médica, me hicieron ser muy comedido, a la luz del entendimiento.

Un par de metros después en nuestra caminata, coincidimos en que se podría tratar de un caso de violencia de género. "Ya tenés el tema de tu historia... mujer golpeada en vísperas de navidad", me dijo la bella. Concordé, y añadí: "pero con un final acorde al consejo de un escritor argentino, qué tal el último punto del 'Decálogo del perfecto cuentista'. Aquello de 'cuenta como si el relato no tuviera interés más que para los protagonistas, del que podrías haber sido integrante' o algo así". Cuando regresamos con el helado y Cigarros, la señora, ahora sentada en un banquito, continuaba sollozando junto a bata médica. Alcancé a ver, prendido en el bolsillo superior derecho, su distintivo de grado de la policía.

A las nueve de la noche me llamó por teléfono una vecina, la viuda del 4to 18 y me preguntó si tenía idea de lo que había pasado, porque desde su ventana veía la vereda llena de gente, patrulleros y policías. Le recordé que nuestro departamento da al contrafrente, por lo tanto no tenía la más mínima idea y prometí bajar para ver qué pasaba. Ahora, la señora, sollozaba sentada en el cantero que está frente a nuestro edificio, bata médica con distintivo de grado de la policía la sostenía de una mano, a su lado, en una silla, una jovencita de unos 15 años, lloraba en silencio. En la vereda un par de motocicletas y dos jóvenes se abrazan sollozando. "Ha muerto mi tío, el papá de mi prima", me dijo uno de ellos sin que le preguntara y señaló a la jovencita. Metros más adelante, estacionado en doble fila, un furgón de gendarmería, los uniformes verdes de sus ocupantes se confundieron con los azules de los patrulleros. La puerta del edificio vecino, vallada con cintas por la policía. Gorras y uniformes verdes y azules entran y salen. Fin del misterio. Subí y llamé por teléfono a la viuda del 4to 18.

El 24 y el 25 son días santos para los encargados de los edificios. El lunes 26, con el regusto de la sonrisa final de Harvey Keitel -Auggie en la película- que lo mira a Paul Benjamin -el escritor que no podía escribir la historia de navidad, y al cual Auggie le acaba de inventar un relato-, salí a devolver Cigarros. En el ascensor recordé la frase final de Auggie, que aprendí de memoria porque bien podría figurar como mote si algún día resuelvo hacerme un ex libris: "Shit. If you can't share your secrets with your friends, what kind of friend are you?".

En la puerta Maxi, el encargado de nuestro edificio, como si me estuviera acechando, me saltó, ya que no a la yugular al oído: "¿Se enteró de lo que pasó el viernes"; "si, falleció un vecino de al lado"; "así es, el del 2do B, se suicidó -sonrió por el 'efecto sorpresa' de su noticia"; "no me jodas -fui consciente que empecé a tutearlo-"; "en serio, era policía y hacía una semana que venía medio raro, fijate vos -no sé si fue consciente de que empezó a tutearme- que esa mañana saludó a varios vecinos del edificio diciéndoles 'por si no nos volvemos a ver feliz navidad y año nuevo', en la tarde la señora y la hija estaban preparando la cena en la cocina y escucharon un disparo en el dormitorio, fueron a ver qué pasaba y sintieron otro, se pegó un balazo en la boca"; "¿en serio?, ¡puta madre!, qué manera de festejar navidad, el guacho podría haber elegido otro día"; "parece que andaba en negocios no muy limpios, por eso la investigación cayó en la jurisprudencia de Gendarmería".

Ahora sí, voy a citar con exactitud el décimo consejo del "Decálogo..." de Horacio Quiroga: "Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste ser uno". Toda una reflexión que vale no sólo para la narrativa argentina sino para cualquier literatura. También su consejo de "El manual del perfecto cuentista", ahora cito de memoria: "...estoy convencido de que el cuento, del mismo modo que el soneto, debe empezar por el fin". In altre parole: un "O. Henry ending".

Y el fin del mi cuento de navidad que no escribí es que el martes 27, cuando salí de casa a las 10 de la mañana para ir a nadar, vi a tres gendarmes, con guantes de goma y equipos imaginé que para tomar impresiones digitales, dos de ellos retiraban los residuos del container de basura que está enfrente de nuestro edificio y clasificaban los desperdicios; el tercero tomaba fotos. Supuse que buscaban las huellas de un suicidio ocurrido cuatro días atrás, en vísperas de Navidad; en un container que había sido vaciado el día anterior.

Escribo estas líneas, recuerdo el comentario de Maxi y pienso que esta vez se equivocó -cosa rara en un encargado de portería-. Un "O. Henry ending", para mi cuento inconcluso: los negocios del finado están más limpios que una patena.

 

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