Covid-19. El destino ya nos alcanzó
Danilo Albero Vergara escritor argentino
Literatura latinoamericana, relatos, ensayos literarios

En mis recuerdos, dos películas distópicas han hecho referencia a los dos últimos años. El 2019 fue anticipado en 1982 con Blade Runner, -la versión de Ridley Scott, no la olvidable segunda parte de Denis Villenuve-. La otra película es bastante anterior (1973), aunque tiene más similitudes con el presente, sobre todo en lo que hace al destino de los “adultos mayores” o “población de riesgo”, preferible al deleznable “nuestros abuelos” -en todo caso las tres expresiones refieren, elípticamente, a que, si la pandemia no se puede parar, los primeros que serán abandonados a su suerte serán los viejos-. Mi evocación de estas dos películas está influenciada por dos novelas que he releído.

La primera es Diario de la guerra del cerdo. Pasando a vuelo de pájaro por el argumento, la novela trata de las jornadas de una semana donde, por razones inexplicables, los jóvenes cazan y matan viejos a golpes. Sin embargo, dos protagonistas en peligro, Isidoro y Jaime Newman, terminan teniendo relaciones con muchachas jóvenes; estas “prefieren a los viejos”. En un momento, Isidoro, escapando en un taxi tiene un diálogo con el conductor, otro “abuelo”, quien, repudiando la manera de cómo son masacrados los “adultos mayores”, reflexiona: “Supóngase que realmente sobre el viejo inútil. ¿Por qué no lo llevan a un lugar como la gente y lo exterminan con métodos modernos?”. Hoy los “métodos modernos” son, con veladas amenazas, los respiradores, en caso de contaminación éstos serán dejados para las personas más jóvenes y no para “la población de riesgo”. Ficción y realidad llevan a un par de preguntas.

Es lógico que pensando en repoblar un –no tan hipotético– mundo despoblado por el invento chino, Covid19, las personas que más posibilidad tendrán de hacerlo serán los jóvenes y no la “población de riesgo”. Por otro lado, también quedarán muchos niños huérfanos que deberán ser cuidados, asistidos y educados. ¿Quién tiene más arrugas detrás de las cejas: un “adulto mayor”, inteligente y capacitado, que tiene actividad plena y creativa en su campo, o una celebridad musical que termina descerebrada antes de los cuarenta por drogas o alcohol? Siempre en plan de ser tendencioso, en caso de tener un solo respirador y de un lado tenemos a Alex Caniggia: “Acá estoy viviendo lo que ustedes no pueden vivir, chupenlá porque soy el más pijudo. ¡Barats!”; del otro Sara Facio. ¿Quién tiene más derecho a un respirador?

Y esto me lleva de nuevo a Literatura en tiempo de Covid-19 y al libro que sentó jurisprudencia como novela en época de pestes, El Decamerón. Así en la novela décima de la Primera Jornada leemos: “El maestro Alberto de Bolonia avergüenza con discreción a una señora que quería burlarse del amor que por ella sentía”. El maestro, un “excelente y afamado médico de 70 años” estaba enamorado de una bella viuda, que vivía rodeada de admiradores y amantes, y solía pasar frente a su ventana con la esperanza de verla. Enterada, la viuda, junto con sus amigas, lo invitó a pasar a la casa, lo agasajaron con vinos y finas viandas para luego mofarse de su amor. La respuesta del maestro Alberto fue: “Aunque los ancianos carecen por naturaleza de las fuerzas que los ejercicios amorosos constantes requieren, conservan la voluntad y el discernimiento para comprender lo que merece ser amado; y como tienen más experiencia que los jóvenes su juicio también es más certero”.

En La Ilíada el anciano Néstor es el personaje al que los aqueos acuden en busca de consejos, setenta y tres años tenía el mariscal Blücher cuando dirigió una carga de caballería en la batalla de Waterloo, Ramses II vivió hasta los noventa años y fue faraón durante sesenta y seis, en la Grecia clásica para ser miembro de la Gerusía había que tener más de sesenta; a todos ellos se les habría negado el derecho al respirador.

Queda una película de 1973, Soylent Green (en español, Cuando el destino nos alcance). En el año 2022, el hombre ha agotado los recursos naturales y devastado el planeta; en la ciudad de Nueva York viven 40 millones de personas hacinadas y, separadas por un río, del barrio cerrado donde viven los ejecutivos de Soylent, la multinacional que elabora alimento. El grueso de la población sólo tiene acceso a agua en botellones y su única comida es algo que se llama Soylent, que no alcanza para todos, por eso se incorpora otra variedad, Soylent Green, dizque hecho de algas marinas. El reparto se hace una vez por semana y las multitudes hambrientas se desbordan -la versión 2020 por estos andurriales sería el saqueo de supermercados-, una de las escenas más aterradoras de la película muestra a la policía cargando con topadoras y arrojando a los revoltosos, como si fueran reses, en enormes camiones. Charlton Heston es un joven policía y vive con un amigo anciano, que ha conocido el mundo antes del desastre ecológico. En cierto momento Heston debe investigar el asesinato de un directivo de Soylent, visita el lugar del crimen y descubre cosas que desconocía, baños con duchas, bebidas y una heladera repleta de alimentos frescos, también que las mujeres son poco menos que muebles y las más bellas son parte del departamento asignado a los ejecutivos. El caso se cierra y no logra esclarecer el crimen.

Pero, esa sociedad le otorga a los viejos la posibilidad de optar por una muerte digna, en una cámara perfectamente acondicionada beben un veneno con un alucinógeno y le proyectan una película que muestra cómo era la naturaleza antes del desastre ecológico. Violando todas las disposiciones, Heston logra asistir a través de un vidrio a la agonía de su amigo, intercambia algunas palabras y descubre, por las imágenes, el mundo que conocía sólo por palabras; con fondo de la Sexta Sinfonía de Beethoven, el amigo le hace una confesión entrecortada y poco clara. A raíz de ella, y atando cabos, Heston comienza una investigación y llega a las factorías donde se elabora Soylent y el nuevo y sustancioso Soylent Green; es descubierto, herido y huye. En la escena final se encuentra con su asistente y, agonizante, le dice el secreto que se le ha revelado: “Soylent es gente” (Soylent is people).

Faltan dos años para el 2022, cosas veremos si sobrevivimos. Por de pronto, hoy, 2020, los “adultos mayores” no tenemos la opción de pedir muerte asistida y en placentero estado de beatitud. Sólo agonizar, asfixiándose lentamente en soledad, para ser enterrado o cremado.





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