Prometeo
Danilo Albero Vergara escritor argentino
Literatura, relatos, crítica, comentarios sobre libros.

Un proverbio Creole de Louisiana advierte: “Es la lengua de la rana la que traiciona a la rana” (C’est langue crapaud qui ka trahî crapaud). La reflexión se puede aplicar a dos personajes, con vínculos familiares, e hijos de dioses. Ambos, Sísifo y Prometeo, sufrieron castigos ejemplares por haber desafiado a los olímpicos en un vano intento de escapar a sus designios, y haberse jactado de ello, con la intención de que su desafío cundiera.

Sísifo -Sísifo Eólida- fue hijo de Eolo y Merope, hija de Atlas; para Homero el más astutos de los mortales, en su paso por este valle de lágrimas fue una mezcla de embaucador y filántropo. Llegada la hora del postrer suspiro de Sísifo, Hades, rey del mundo de los muertos, fue a buscarlo, pero el artero Eólida, logró encadenarlo; en consecuencia, hubo un breve período de inmortalidad, entre los humanos, hasta que Marte logró liberarlo para llevarlo de regreso al inframundo, pero solo con la condición impuesta por Sísifo de continuar en el mundo de los vivos. Viendo de nuevo su muerte próxima, indicó a su esposa que no lo enterrara y así, cuando llegase al Hades, alegar que no podía entrar porque su cuerpo estaba insepulto; de esta manera su alma consiguió permiso para volver y obligar a su esposa a que lo entierrara; no cumplió su promesa, no fue sepultado, su alma se reunió con su cuerpo y continuó siendo un mortal. Esta vez fue Hermes a buscarlo, no hubo apelación posible y Sísifo llegó al Hades, donde ya tenía preparada su pena.

Prometeo (del griego prometheia = previsión, reflexión) hijo del titán Japeto fue hermano de Atlas y tío de Sísifo, a diferencia de su hermano mayor, apoyó a Zeus cuando este disputó, con su padre Cronos, la supremacía del Olimpo; tuvo el privilegio de asistir al nacimiento de Atenea desde la cabeza de Zeus y la diosa le enseñó, entre otras artes, arquitectura, astronomía, matemáticas, medicina y metalurgia. Con la inmunidad de los servicios prestados, Prometeo engañó a Zeus; luego de haber sacrificado dos bueyes, el dios acudió por su parte; Prometeo puso toda la carne en la piel de uno y los huesos y algunas piedras, cubiertos por una capa de grasa, en otro, y dijo al dios que eligiera; el goloso optó por la suculenta gordura. Su venganza fue castigar a Prometeo, que se reía a sus espaldas, con el designio de negarle el acceso al fuego a los humanos “van a comer carne cruda”, dicen que dijo Zeus. No obstante, Prometeo logró tomar una chispa del carro del sol y la llevó, encerrada en el tallo de un hinojo silvestre, para dársela a los hombres.

El sólo hecho de darle a los humanos el don de obtener y controlar el fuego fue el primer paso en la evolución del homo sapiens, dominio que supuso seguridad frente al frío, defensa de fieras salvajes, cocer alimentos, volver comestibles algunos que no lo eran crudos, menos tiempo en mascarlos y digerirlos; ese dominio le permitió ganar tiempo libre. También le abrió las puertas a la fundición de metales, la fabricación del vidrio, la alquimia, la destilación y la química. Pero, el don de Prometeo puso en manos del hombre a un agente que tiene doble función, es protector y destructor, descontrolado acarrea tragedias; desde la Biblioteca de Alejandría a la de Sarajevo, a las más recientes: el Museo Nacional de Rio de Janeiro y la catedral de Notre Dame.

Para sancionar este robo y segunda ofensa de Prometeo, Zeus le ordenó a Hefesto que modelara una mujer en arcilla, a los vientos que le insuflaran vida y a las diosas del Olimpo que la vistieran y embellecieran. Esa criatura, Pandora (nombre que es una ironía de pan = todo y doron = regalo), la mujer más bella jamás creada, fue enviada, junto con un cofre como regalo, para ser la esposa del hermano de Prometeo, Epimemeteo (de epimetheia = reflexión posterior). Ante una advertencia de su hermano, Epimeteo rechazó el presente, pero, frente a la amenaza del padre de los dioses, aceptó a Pandora como esposa y esta, pese a las advertencias, abrió el cofre que contenía todos los males de la humanidad que se esparcieron por la tierra; cuando Epimeteo logró cerrarla, solo quedaba la Esperanza. Por la suma de actos y desafíos a los designios de Zeus, Prometeo fue encadenado a una roca en el Cáucaso donde un buitre le comía el hígado que, en virtud de su carácter de dios e inmortal, se regeneraba durante la noche y el suplicio comenzaba al día siguiente.

La tragedia Prometeo encadenado de Esquilo -escrita y representada en el siglo quinto a.C.-plantea de un modo “contemporáneo” el problema de lo que, siglos después, los exégetas cristianos llamarían el justo o el salvador doliente. La acción comienza al momento de que Prometeo es encadenado en una roca en el monte Cáucaso por Hefesto, quien le manifiesta al héroe que procede en contra de su voluntad y por designio de Zeus. Se suceden una serie de monólogos y diálogos de Prometeo con el coro y protagonistas, entre ellos, el Océano, quien lo insta a que deponga su soberbia frente a Zeus y propone tratar de interceder por él. A continuación, el héroe enumera sus enseñanzas a los humanos -que antes “veían sin ver y oían sin oír”- hacer ladrillos y albañilería, cultivar la tierra, la minería, domesticar animales, las artes de la astronomía y las matemáticas, construir naves y surcar mares y, lo que él considera uno de los dones más preciados: la escritura, “recuerdo de las cosas, e instrumento que a las Musas dio origen”. A lo que el coro reconoce que “Por servir al mortal más de la cuenta / esperamos que algún día de estos grillos / liberado por fin, no tendrás menos poder del que Zeus dispone ahora”. En otras palabras, el triunfo de la razón y la ciencia sobre la supremacía de las religiones.

Al final de la tragedia, Prometeo es visitado por Hermes, quien le reitera las reflexiones de Océano “Calma empero tus iras y lenguaje/ altanero que brota de tus labios / ¿O es que, siendo tan sabio acaso ignoras / que temeraria lengua es castigada?”

Sísifo y Prometeo son dos símbolos metonímicos de la condición humana, que, en su accionar blasfemo, busca escapar y superar designios funestos, aunque sobrevengan represalias divinas o terrenales de déspotas, religiosos o laicos. Dos hechos recientes, la epidemia de Covid 19 y la invasión a Ucrania, revelan que, en la actualidad, Sísifo y Prometeo han reencarnado en una colectividad: estadistas, científicos, pensadores, políticos y artistas.





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